En cada acción realizada, los humanos estamos movilizando nuestra energía interna.
A diferencia de otras especies, podemos decidir hacia dónde dirigir esa energía, pues poseemos la potencia de la voluntad, la que nos permite dotar de conciencia nuestras acciones, es decir, de elegir lo que hacemos y saber porqué lo estamos eligiendo.
Esa potencia, para convertirse a fuerza de voluntad desarrollada, requiere de entrenamiento cotidiano, muchas veces se trata de pequeñas prácticas, tales como omitir ciertos actos, o ejecutar sólo un acto a la vez, cuestión que en tiempos de sobre estimulación como los que vivimos se vuelve desafiante. Hoy es común vernos caminando y hablando por teléfono u oyendo música, o hablando mal de otros, entre otras conductas normalizadas que deterioran nuestra fuerza de voluntad.
A su vez, hemos podido crear normas éticas de conducta, lo que eventualmente nos diferencia de las especies que sólo actúan por instinto. Digo eventualmente, pues a pesar de la existencia de valores que permiten una convivencia compartida y ordenada, sigue existiendo el egoísmo, el engaño, el abuso, el odio, entre otras tendencias nocivas y divisorias.
Es por eso que importa el autoconocimiento, pues una mirada honesta sobre nosotros mismos nos permite descubrir nuestros defectos y conductas "animales" arraigadas, y que en virtud de nuestra potencia divina es que podemos superar y trascender. No hay mayor bendición que descubrir aquello en que estamos fallando.
Cuando se avanza hacia la conciencia, que no es otra cosa que un camino espiritual, entonces esa energía interna, siempre en movimiento, se utiliza con discernimiento y sabiduría, no de forma automática como estamos acostumbrados. Ahí está, sin duda alguna, el mejor aporte que podemos hacernos a nosotros mismos y a los demás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario