Por cada día que pasa, más me aproximo al convencimiento de que el camino espiritual es sobre todo una cuestión simple y sencilla, lo que no quiere decir que sea fácil, todo lo contrario.
Digamos que pareciera ser "un trabajo" que requiere de esfuerzo y cierto sacrificio, a fin de honrar su nombre "espiritual", lo que es sinónimo de darle espacio a nuestro espíritu para que se exprese en la materia. Ello no es igual a renegar de lo material, sino más bien, de permitir que lo concreto se subordine a lo invisible; que el cuerpo obedezca al espíritu, y no al revés.
Durante mi vida he explorado muchas formas (mayoritariamente de forma intuitiva) que me han permitido esa conexión, pero cada día tiene su afán y fácil es olvidarse y entrar en la vorágine del sistema, que nos impulsa a vivir a un ritmo frenético y antinatural olvidando incluso nuestra propia respiración, la que es fundamental puesto que nos conecta con el flujo de la vida (la ciencia diría que permite la oxigenación del cerebro, pero me parece que el asunto es más amplio que ello). Gracias a ello, he podido aprender que llegar al espíritu es simple, que más que nada nos pide conformidad y saciedad -sin caer en la debilidad-, pero de todos modos cuesta por habernos acostumbrados a la complejidad y al exceso de información, en un sentido amplio de la palabra.
La simpleza del camino espiritual se muestra en que a veces sólo basta bajar el ritmo de los pasos y prestarle atención a las sensaciones presentes a fin de poder conectar, y la paradoja es que eso es fácil y difícil, pues estamos programados en sentido inverso. No podremos vivir espiritualmente sin sacrificar costumbres provenientes de nuestra realidad material, y supongo que cada cual sabrá dónde le aprieta el zapato. Si no sabes, te sugiero prestar atención a las personas de tu entorno, ver cómo caminan, cómo se expresan, en qué ocupan su energía, cuáles son sus prioridades. Verás que no son muy distintas a las de otras personas. Fíjate en tus propias formas y en aquellas expectativas que tú mismo tienes ¿De dónde vienen? ¿Son mías, o las aprendí de mi sistema familiar y cultural?
Lo bonito de todo esto es que dicho sacrificio de aquello que realmente no nos pertenece trae una recompensa expresada en tranquilidad y fe, en sosiego, y que contrario a las grandes expectativas formadas en cuanto a posibles saltos cuánticos, ascensiones, vida eterna, nueva humanidad o iluminación, no posee ningún tipo de espectacularidad, ya que la verdadera espiritualidad es modesta, y se se sitúa por fuera del exceso de condimentos que trae el modelo actual de vida humana.